La vieja, la raposa y los pajarines

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La Vieja del Monte se va haciendo un hueco entre los personajes destinados a hacer la competencia a Papá Noel durante la navidad leonesa. Sin embargo esta figura poco tenía que ver con esta época del añoName of the source

Hace tres años, en esta misma sección de La Llariega, Nicolás Bartolomé reivindicaba una figura mitológica apenas tratada por la bibliografía hasta el momento: la de la Vieja del Monte. Apenas José Luis Puerto se había hecho eco del personaje en la Revista Tierras de León y posteriormente en su extraordinaria recopilación de leyendas leonesas publicada por la Diputación provincial. Sin embargo, aquella semilla cayó en una tierra fértil. El creciente interés por encontrar alternativas locales a personajes navideños implantados más ampliamente, como Papá Noel o los Reyes Magos, unido a movimientos regionalistas o nacionalistas que proliferan por todas partes, hizo que la Vieja se haya convertido en un personaje que empieza a ser popular en la capital leonesa. Eso sí, desprovista de sus atributos originales y adaptada a lo que realmente se espera de ella; convertirse en un Santa Claus con pañoleta que siga alimentando la rueda de consumo propia de estas fechas; pero, con lo que parece más importante, la etiqueta de «menos globalizada».

Ejemplos de esta maniobra, sin embargo, no faltan por todas partes. La metamorfosis a finales de los ochenta del Olentzero vasco, en origen un vividor y borracho impenitente, en un gordo entrañable tocado con txapela que se cuela por las chimeneas es de sobra conocida, por no hablar de otros más recientes como el Apalpador gallego que va cargado con un saco lleno de regalos o el, directamente inventado, barbudo Anguleru asturiano.

Conviene, por tanto, recordar el origen de este motivo legendario en su verdadero contexto. La Vieja del Monte, como José Luis Puerto nos informa, es en realidad una anciana «protectora de los niños» que vive en una cueva del monte donde amasa y cuece pan que entrega a los adultos para que, al regreso de las tareas del campo, se lo dieran a los niños de la casa. De esta forma se ilustraba la costumbre de dar a los chiquillos los restos de la merienda (que no necesariamente tenía que ser pan, pero que se conocía así genéricamente) con la que se volvía del campo. Sin embargo, este rito cotidiano, sencillo, que poco tiene que ver con las costumbres navideñas, pues cuando más presente se hacía era en las temporadas estivales de trabajo agrícola y ganadero más intenso, no solo era patrimonio de la Vieja del Monte. En amplias zonas de León, los encargados de esta misión eran algunos animales. El cuco, la liebre, más ampliamente la raposa y sobre todo «los pajarines» guardaban en el monte esa humilde golosina con la que regresaban al caer de la tarde a sus casas pastores y labradores.

Este «pan de pajarines» aparece por una gran variedad de comarcas leonesas. Incluso en otra zona profundamente relacionada con León como es la región de Tras os Montes en Portugal. Así, y ya a principios del siglo XVII, el humanista Gonzalo Correas Íñigo hace referencia a él en su Vocabulario de Refranes y Frases Proverbiales:

«Entre Duero é Miño, calzan do pao, comen ó pan do pajariño; visten de liño, é beben o viño, da for forcado, é viven vida do diablo».

Tampoco queremos dejar en el tintero otra versión de la Vieja, esta quizás un tanto más siniestra, de la que se hace eco José Luis Puerto: la de la Vieja de los Chorizos, recogida por él en el pueblo de Alija del Infantado. En este pueblo, con el fin de disuadir a los niños para que no se acercaran a los chorizos que se estaban curando durante el invierno, sobre todo en Cuaresma, se les contaba que en las llatas (palos de los que colgaban los chorizos en la cocina) vivía la Vieja de los Chorizos, una anciana que cortaba las manos de aquellos que osaban acercarse a los embutidos más de lo que era estrictamente necesario.

 

Publicado originalmente en el Diario de León

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