El dueño del trueno

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De todos los seres mitológicos fue quizás el más profundamente arraigado y extendido por las comarcas leonesas; hoy, el viejo mal encarado que provocaba con su furia las tormentas, está en trance de desaparecer de nuestro recuerdo

TORMENTA SOBRE LA CATEDRAL DE LEÓN / RAYOS – Ramiro

Pocas leyendas gozaron de tanta vitalidad en nuestra tierra como las que tienen que ver con los fenómenos atmosféricos. La formación de las nubes, el trueno, las tormentas de piedra que caían con estrépito algunas tardes de verano fueron, para aquellas personas que vivían de la tierra, la mayor amenaza para su sustento e, incluso, para su propia seguridad y supervivencia.

¿Quién provocaba aquellos sucesos calamitosos? La mentalidad arcaica campesina elaboró toda una suerte de personajes legendarios que habitaban el cielo y controlaban el rayo y la centella. El comportamiento maligno de brujas, espíritus y demonios explicaba aquellos sucesos que se escapaban del control humano. Uno, el Reñuberu, quizás sea, de todos esos personajes, el más conocido en la mayoría de las comarcas leonesas.

Un viejo mal encarado, una bestia informe o el mismísimo diablo son algunas formas que adoptaba ese ser que dirigía las tormentas. Otras veces provocaba el ruido de los truenos o formaba las nubes o arrojaba el pedrisco. E incluso algunas veces, como tuvimos ocasión de escuchar de boca de un pastor en la Cepeda hace algunos años, cae con los rayos y aparece medio congelado y vestido de blanco entre unas zarzas. En ese caso, si algún alma caritativa lo invitaba a recuperarse al calor de su cocina, podía recibir a cambio del Reñuberu, que aquí mostraba como excepción su rostro más amable, un enorme tesoro.

Según el estudioso Vicente Risco, en su Los nubeiros o tempestarios de Galicia, podemos rastrear dos tipos de orígenes en las tradiciones populares sobre la tempestad. Uno se refiere a los espíritus que guían las tormentas, otro a las antiguas creencias en dioses del trueno como Zeus, Júpiter o Marte. La relación de este último, que también es dios de la guerra, con el monte Teleno (como se puede comprobar en la placa encontrada en Quintana del Marco dedicada a Marti-Tileno) es especialmente interesante en el caso leonés, pues de allí vienen, según la creencia popular de muchas comarcas, las tormentas más virulentas.

Pero quizás, de todas las descripciones del personaje, la más rica y expresiva la hiciera el autor Cayetano Álvarez Bardón en un conocido pasaje de sus Cuentos en Dialecto Leonés, pasaje basado probablemente en otro procedente de su novela costumbrista inédita Por tierras de León, ambientado en su localidad natal de Carrizo y que reproducimos a continuación:

«Nadie sabrá deciros nada acerca de este ser imaginario, nadie, sino los rapaces. De ellos supimos que era un ser monstruoso, de forma gigantesca, tormento de la imaginación durante las tormentas (…) con el terror reflejado en sus ojos cual si lo estuvieran viendo, hacían su retrato: de larga crespa y espesa cabellera flotando al viento huracanado, de hinchados mofletes, ojos brillantes, congestionados, grandes y desmesuradamente abiertos como ojos de loco; de abundantes cejas hirsutas; inclinada la cabeza hacia adelante como queriendo vencer con ella la resistencia del viento; el negro y peludo cuerpo cubierto o no, a capricho del huracán, con su andrajosa vestidura. Como un Júpiter tonante, en su diestra maneja un haz de centellas que va lanzando con furia loca y bajo el brazo izquierdo, oprimido fuertemente contra el cuerpo, lleva un odre, enorme depósito de aire, agua y pedrisco que él hace salir con violencia. Con sus aceradas garras de águila gigante arrastra las nubes de la tormenta y con vertiginosa velocidad va y viene, gira a derecha e izquierda y está en todas partes llevando consigo el ruido del trueno y el relámpago del rayo. Sólo Santa Bárbara puede matarlo con un cañón que la santa maneja y, muerto ya, cae al suelo y desaparece su cuerpo dejando en la tierra un olor pestilente; entonces cesa la tormenta, sale el sol y aparece el arco iris sobre el río siempre bebiendo sus aguas por ambos extremos para lanzarla después en forma de lluvia menuda. Pero también la tormenta cesa cuando toca la campana María del Monasterio y sacan las religiosas en procesión la sagrada reliquia del Lignum Crucis».

Publicado originalmente en el Diario de León

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