Seguramente no conoce a Penélope. Ni sus idas y venidas por la urdimbre ni su espera. La historia de Ulises le queda lejos; la historia de cómo su esposa aguardaba el retorno del héroe haciendo y deshaciendo su tejido, que en acabarlo estaba su sentencia. No, seguramente no conoce esa historia. Ella lo que espera es a que cuezan unas patatas que hierve en un puchero, que vienen los nietos a comer y les gusta la carne con puré. Mientras, aprovecha. Le coge el bajo a un pantalón, cose la tira de un mandil. La máquina está cerca de la ventana, por donde entra bien el sol, que la vista está cansada. Se oye el borboteo del puchero. Se oye el pedal de la máquina de coser. Taca, taca. Taca, taca.
No, seguramente no conoce a Penélope. Tampoco a Ariadna, ni cómo esta alumbró la oscuridad del laberinto con un ovillo de lana. Si hoy Teseo entrara en esta cocina, también vencería al Minotauro. El rayo de luz que entra por la ventana. El largo laberinto de la vida. Un reloj y un pastillero. Un calendario y los recuerdos. No, seguramente no conoce a Penélope ni conoce a Ariadna. Tampoco las metáforas del tejer y destejer de las historias. Pero sí que vio alguna vez bailar el huso alrededor del hilo de lana. Era entonces cuando las historias bailaban alrededor de la costura. Las costureras y los filandones. ¿Os acordáis de Blas? A su padre le comió la mano un burro. Todos corrían, gritaban. Le metieron el muñón en sal y libró. Ahora hubiera venido el helicóptero. Aquel hombre compró la primera máquina de coser, alemana. Se la compró a unos hombres que la trajeron desde Portugal de estraperlo. Cuando la bajó del caballo era de noche. Sujetaba el paquete aquel con los dientes mientras ataba al animal con la única mano que le quedaba viva. Y luego la expectación al sacar aquella máquina. Negra, brillante. Esa máquina sobrevivió al manco y a muchos de nosotros.
Seguramente no conoce a Penélope, pero ha tejido y destejido miles de historias. Los nietos están por venir y quiere dejarle a Luis arreglado el pantalón. Las patatas deben estar listas.
El segundero del reloj marca los tiempos. Tic, tac. Tic, tac. Queda el último retoque. Se calza bien las gafas no siendo que vuelva a pincharse. Y vuelva a saltar la sangre, roja, sobre la tela. Coser, cosieron muchas desde Penélope. Ella no es ni una más ni una menos. Una espera que se hace larga. Un largo hilo, tan largo como la propia existencia. Un hilo que se teje y se desteje como la historia que se escribe y que se olvida.


