Escuchaba hace unos días comparar el desarrollo de la inteligencia artificial con el nacimiento de un Frankenstein. Es cierto que el personaje de Mary Shelley se ha convertido en un icono de la cultura contemporánea por muchas razones, pero quizás la más significativa sea que nos sitúa ante ese conocimiento sin control al que siempre está abocado el ser humano, uno que a veces nos coloca en el filo de nuestra propia humanidad.
Quien haya tenido en sus manos un ejemplar de la novela habrá visto su subtítulo: El moderno Prometeo. Un guiño al personaje de la mitología griega que robó el fuego a los dioses para dárselo a los hombres. Precisamente este mes pasado pensaba en esa relación del fuego como un bien recibido de los dioses, un símbolo de la cultura y la civilización.
Un robo que hicimos desde lo más alto, igual que en el paraíso comimos la manzana del árbol de la ciencia. La retórica de los medios, sin embargo, nos presenta el fuego como un enemigo. Nos habla de guerra, de lucha y de defensa. Vemos aviones bombardeando agua, ejércitos de brigadas avanzando en formación. El fuego nos amenaza en nuestra esencia misma. Y es que el fuego tiene dos caras: la de la civilización y la de la destrucción. La vida y la muerte se mueven en el cuerpo de Frankenstein.
Es la misma energía que un día nos dio calor y nos elevó, y que ahora, fuera de control, nos amenaza con la destrucción. De la misma manera, el cuerpo que el doctor cosió con retazos de cadáveres contenía el potencial de la vida, pero su realidad solo trajo el horror. Una creación que en su materialidad se manifestó como un monstruo.
Quizás por eso, en estos espacios castigados por el fuego, la despoblación y el olvido, sentimos que aquí la humanidad se encuentra en retirada. Ya no somos los maestros del fuego, sino sus víctimas, y hemos convertido nuestro pacto con la naturaleza en lo que es ya una lucha sin cuartel.


