Fuego.DAVID CAMPOS, 2005
Contraportada,  Diario de León,  El Retrovisor

Desplazados

Hace unos días escuché la entrevista a una de las evacuadas de Quintana del Marco durante los incendios de agosto. Contaba que su hija, antes de escapar de su casa, consiguió guardar las fotografías familiares en el congelador de la casa con la esperanza de que al menos esos recuerdos se conservaran. No pude dejar de pensar entonces en muchos desplazados por guerras y por grandes desgracias, y por esos actos desesperados de tratar de conservar la identidad con el hogar y con el territorio que se ven forzados a abandonar. Como los refugiados palestinos que han recorrido el mundo con las llaves de sus casas en el bolsillo desde la Nakba de 1948, o como los desplazados sirios, que duermen cada noche al lado de un puñado de tierra del jardín de un hogar que dejaron atrás.

Salvando las distancias, los leoneses, como las gentes de otros territorios del noroeste, han sentido un zarpazo en medio del pecho. Si las políticas de pasividad y de abandono se habían visto hasta el momento como meras contingencias del destino, ahora se han podido sufrir en toda su crudeza, obligando a mirar a los responsables a la cara. Y de forma brutal. A luz de las llamas, mucha gente ha tenido que proteger sus casas de forma desesperada, con sus herramientas, con sus propios recursos, y con la ayuda de unos profesionales que al pie del terreno se sentían impotentes y desamparados por sus superiores. Y esas gentes muchas veces han tenido que huir casi sin mirar atrás, sin la certeza de que a su vuelta aquellos recuerdos y aquellas vidas siguieran allí para esperarlos. Este ha sido un guiño del destino, apenas un parpadeo de una historia algo más antigua. Un exilio lento y prolongado que hunde sus raíces en aquellos transatlánticos que partían de los puertos de Galicia rumbo a América, cargados de caras que miraban atrás con la certeza de no retornar nunca. De los campesinos que esperaban al tren sentados en un arcón de madera para ir a las grandes capitales de España y de Europa a buscar una fortuna que su tierra les negaba. Así fue como quedó una tierra abandonada. Una tierra a la que los responsables políticos dejaron como un reservorio de recursos y personas, una colonia para los espacios más dinámicos donde se acumulaba la riqueza. Un lugar en el que se hablaba de desarrollo con una mezcla de superioridad y de cinismo.

Sí, quizás estos desplazados huyendo en mitad de la noche, en medio del escenario apocalíptico de una tierra abandonada, queden en breve casi como una anécdota. Pero ellos son el parpadeo de una historia mucho más grande. Esperemos que el trozo de hielo que queda a la vista no nos haga olvidar el inmenso iceberg que está hundido bajo un mar de derrotas y de escombros.

Publicado originalmente en el Diario de León.