Por más que me fijaba no lograba reconocer la carretera. A duras penas vi el último cartel que indicaba que llevábamos treinta kilómetros desde Astorga.
Por más que me fijaba no lograba reconocer la carretera. A duras penas vi el último cartel que indicaba que llevábamos treinta kilómetros desde Astorga. Los limpiaparabrisas luchaban como podían con el agua. Caía tanta que todas las curvas parecían iguales, todos los desvíos se repetían y la lluvia golpeaba tan fuerte sobre el capó que casi no era capaz de escuchar lo que me decía el obispo desde el asiento de atrás.
–¿No nos habremos perdido…? –Descuide, el GPS dice que quedan diez minutos. Tuve que frenar de golpe a la vuelta de una curva. Una rama de un chopo se había roto y tapaba el carril. Por el retrovisor, monseñor se sujetaba del asidero del techo y entrecerraba los ojos para mirar el camino. Creo que él ya había estado antes allí. El pueblo, al menos desde su entrada, no parecía muy grande. Las uralitas con las que habían tapado los tejados de unos pajares antiguos escupían agua al centro de la calle. En la radio, las noticias seguían hablando de la guerra y también de las lluvias. De seguir con este diluvio, Dios sabe cuándo se podría sembrar. Un mastín, empapado, salió de entre dos coches ladrando como loco. Se confundía el agua que le caía por el hocico con los jirones de babas que se le desprendían de entre los colmillos. Nos siguió sin parar de gruñir por aquellas calles estrechas y empedradas hasta que llegamos a la plaza.
La escena que nos encontramos era la que Don Anselmo nos había contado por teléfono. Enfrente de la iglesia, sobre unas angarillas, estaba San Isidro. El agua había dejado la talla casi sin pintura y la corona se le había caído sobre un hombro. Al otro lado de la Iglesia, unos cuantos ojos nos miraban desde el bar. Los parroquianos se habían ido levantado y se habían acercado a los cristales. Pasamos muy despacio junto al santo, mirándolo. Y San Isidro dirigió los ojos hacia nosotros como pidiéndonos ayuda. Apretaba los labios. El rictus parecía a punto de hacer saltar el poco barniz que aún le cubría la piel. Monseñor cerró los ojos y juntó las manos. Aparqué al lado del bar y de golpe me apeé abriendo el paraguas. Abrí la puerta de atrás y ambos dimos dos saltos hasta la puerta. Todos estaban de pie mirándonos, menos el párroco. Don Anselmo, sentado frente a una mesa, apenas levantó la mirada hacia nosotros y se encogió de hombros. Uno de los parroquianos, el más valiente, antes de que pudiéramos decir nada, con un brazo levantado señaló al centro de la plaza: –Ustedes dirán lo que quieran –tartamudeó –pero lo ha hecho a posta. ¡Ese no vuelve a subir al altar hasta que no pare el agua!


