Contraportada,  Diario de León,  El Retrovisor

El visitador

Apareció por lo alto, bajando despacio. Se movía seguro como un funcionario que levanta acta de ese terreno en ruinas. Primero se detuvo junto a los zarzales secos y los puso en su lista. Examinaba los caminos comidos por la maleza, se asomaba a los corrales sin ganado, a las eras sin trillar. A la ermita de San Roque, un poco más alejada, le dio el visto bueno y la dejó para la columna de los que se salvan. Pero de momento. Esa zona, algo más concurrida, estaba más cuidada y tenía una manta de césped que verdeaba un poco alrededor de una fuente.

El fuego venía serio, como quien vuelve a una finca que un día fue fértil y hoy solo da pena. Pasó junto a un invernadero hundido y fue dejando una brasa ardiendo en cada trozo de plástico. Rodeó unas colmenas vacías. En cada rincón parecía murmurar: “Aquí tampoco queda nadie”. Un poco más abajo, encontró a un anciano. Le dijo: corre al pueblo y di a todos que recojan lo que puedan y que se pongan a salvo. Esta vez no habéis sido capaces de cumplir con vuestro cometido. Llamaron a los bomberos y estos salieron a intentar cerrar el paso. Pero el viento —cómplice del visitador— cambiaba de lado como si le fuera abriendo puertas. La gente de Riofrío fue bajando hasta la carretera; no podían ayudar. Solo podían mirar y algunos se desesperaban. Otros temblaban por dentro. Las casas, los huertos, los perros: todo estaba expuesto. Y todos sabían que apenas nada se podía hacer.

Cada vez menos limpian el monte cada año. Nadie desbroza muchos de los márgenes. Cada vez menos siembran los campos que hacen de cortafuegos. Porque ya no hay nadie. Solo un puñado de ancianos sin fuerzas y otro de veraneantes que no distinguen el toixo de la retama.

El visitador hizo su balance, como siempre. Recogió evidencias, rellenó fichas. Justificó su presencia y amenazó con el expediente final rodeado de lágrimas y súplicas. Cada vez se ablanda menos el visitador. Sabe que cada año que pasa paga el monte su tributo con más resignación. Pero a pesar de todo, esta vez por fortuna tampoco terminó de todo el inventario. El visitador tuvo que recoger durante la noche sus lápices y sus cuadernos y encogerse bajo el agua de mangueras e hidroaviones. Y todos respiraron con alivio en el último momento. Al amanecer, entre jirones de humo, lo vieron marchar con su maletín por donde había venido, pero más envalentonado que nunca. Alguno le oyó decir que volvería de nuevo a hacer su repaso anual. Y todos le creyeron. Le creyeron porque siempre vuelve, y cada vez se encuentra con más motivos para lo que reclama.

Publicado originalmente en el Diario de León.