Ausencia.DAVID CAMPOS 2025
Contraportada,  Diario de León,  El Retrovisor

Los que vuelven

Aquel otoño, la madre recibió la llamada con una mezcla de alivio y zozobra. Su hijo volvía. Había estado en Alemania, o en Suiza, o en Zaragoza, ella no lo tenía muy claro. Lo importante era que venía, y que pedía que le tuvieran preparada la habitación de siempre. La del patio. Con la cama de forja, la manta doblada y el crucifijo colgado de un clavo oxidado.

Cuando bajó del tren, traía una maleta antigua con el cierre flojo y un sombrero demasiado grande, como prestado. No saludó a nadie. Se limitó a sonreír. Caminó hasta la casa por calles que parecían recordarle más a él que él a ellas. Algunos vecinos lo vieron pasar y saludaron por cortesía, sin saber muy bien quién era. Durante los primeros días no salió. Le gustaba sentarse en el patio, mirar la parra como si esperara que le hablara, y rascar la tierra seca con una cuchara de postre. A veces murmuraba frases que no se entendían. A veces reía, muy despacio. Por la noche, no dormía. La madre lo oía andar sin rumbo fijo por la casa. Una tarde bajó al pueblo a comprar velas. Dijo que no confiaba en la luz eléctrica. El tendero le preguntó por qué había vuelto. Él respondió que aún le quedaban asuntos con los muertos. Lo dijo sin aspavientos, como quien recuerda que dejó encendida la plancha. A los pocos días, una vecina comenzó a soñar con su padre. Otro con un hermano que no veía desde el 47. Un niño contó que una señora se sentaba en su cama por las noches. Nadie decía nada, pero todos empezaron a notar algo raro en el aire. Como una humedad antigua, o el olor de la lluvia cuando todavía no ha llovido. El hijo se iba cada mañana al monte. Volvía al atardecer con la ropa cubierta de barro, helechos y semillas. Decía que los estaba llamando. Que no era justo que hubieran desaparecido así, como si nunca hubieran existido. Decía que había vuelto porque aquí ya no quedaba nadie para recordarles. Que había que sembrar memoria antes de que se secara del todo. Lo decía con la cabeza gacha, como quien sabe que no hay tiempo. Una noche no regresó. La madre encontró la cama vacía, el sombrero en la silla, y la cuchara clavada en el centro del patio. Desde entonces, en ese rincón, ya no crece nada. Solo se escucha, si se está muy quieto, una voz que llama por nombres olvidados. Y hay quienes contestan.

Publicado originalmente en el Diario de León.