Las noches del verano provocan una profunda evocación. El buen tiempo permitió siempre a la gente estar al raso, pasar largos ratos bajo las bóvedas de esa catedral que se ilumina a veces con la fuerza de un millón de cristales y sentirse ínfimos ante tanta inmensidad. Hoy, que escribo estas líneas al abrigo de un infinito cobertor de estrellas, no puedo dejar de recordar esa vaqueirada que cantan por ahí arriba, en esos montes que la luna perfila al fondo del valle: «Ay, qué nueite tan serena, que nun tien movimientu/ Ay, quién pudiera tener tan serenu´l pensamientu». Mirar hacia arriba, hacia esa calma vibrante que tienen los cielos…