Mire bien esta foto. No piense aún en incendios ni en presupuestos. Fíjese solo en el cuadro. Esto no es un valle quemado. Es la alegoría cruda de nuestra tierra cuando todo arde y el sistema se aparta. Lo primero que golpea es el negro. Las ramas —las que antes alzaban sus copas como paraguas verdes— ahora son un andamio de hierro fundido, un dibujo de tinta china sobre el vacío. El suelo es hollín. Las raíces, ceniza. Es como si la tierra, agotada, se hubiera echado encima no un velo, sino el sudario del olvido. Aquí no hay épica. Aquí hubo derrota. Las ruinas vegetales, los esqueletos de árboles,…