El doctor Erichssen dejó atrás su casa en Estocolmo y viajó a Etiopía. En un hospital de campaña, entre camillas, bisturís y niños enfermos, encontró algo que había perdido: sentido. “Si no fuera por Sennait, mi esposa etíope —dice en el documental La teoría sueca del amor— seguiría preocupándome por cosas tan superficiales como si cubrir o no el porche de mi casa con cristal”.
Suecia diseñó, tras la guerra, una sociedad para que nadie dependiese de nadie. Ni siquiera dentro de las propias familias. Fabricaron individuos libres… y completamente solos. Hoy ese ideal ha dejado de ser un lujo ideológico y nos ha alcanzado en sociedades como la nuestra, sin chalets ni bienestar, pero con un mismo resultado: el aislamiento rampante. Nosotros, como los suecos, también buscamos nuestro porche de cristal. Nos replegamos al calor de pantallas, frases hechas y vidas digitales donde nadie nos reclama. Las ciudades son grises y el campo se vacía, pero lo gestionamos a solas, como si el colapso no nos salpicara. Erichssen operó a una niña de un tumor que le deformaba la cara. En una de las escenas del documental, ella lo abraza con ternura. Y la cara del cirujano muestra cómo ese abrazo parece justificar todas las incomodidades de haber dejado su vida de bienestar y opulencia.
Esa historia parece que nos interpela: ¿qué herida necesita esta sociedad para despertar del ensimismamiento? ¿Dónde está el tumor que nos obligue a salir de casa y volver a ser esenciales para alguien? Hoy, este lujo que descarnó a la sociedad sueca nos llega a sociedades como la nuestra; una sociedad en decadencia y abandono. A pesar de que crecen las desigualdades, la precariedad y el olvido, cada vez estamos más solos. Hay una herida que está abierta. Pero ya no duele en común. Cada quien se lame sus heridas. Hemos convertido la libertad en evasión: no construimos la comunidad, sino que la evitamos.
Y así vamos, solos, diseñando un porche cada vez más bonito mientras allá fuera se deshace la casa entera. Hace unos días visitaba el Museo de los Pueblos Leoneses. Parece mentira que hace no tanto nuestros pueblos fueran un conjunto orgánico de vecinos, una red de solidaridad en medio de la pobreza. Nuestra cultura comunal era una muralla contra la noche y el frío. ¡Cuánto que aprender de todo aquello! El invierno avanza.
No nos salvarán ni el confort ni el calor a la orilla de la chimenea. Solo la incomodidad radical de abrir la puerta para caminar entre la nieve, hombro con hombro, al lado del resto de los vecinos.


