Una mujer aprieta el paso. Protege con su ropa un ramo de flores que lleva envuelto en un plástico transparente. Apenas se oyen las gotas de lluvia que repican sobre las lápidas. Algunos ecos sueltos, algunas pisadas. Los charcos reflejan un cielo cubierto de nubes grises y los paraguas, poco a poco, se van multiplicando. Convocados por el recuerdo, se van formando grupos de cuerpos en torno a las tumbas.
Cuando veo un cementerio en estas fechas de Todos los Santos, pienso en un hormiguero. Esos lugares que durante todo el año permanecen solos, con alguna visita ocasional, ahora se convierten en un testimonio de vida. Por sus calles desfilan familias, ponen flores frescas sobre las lápidas, algún padre corre tras un niño que grita para acallar ese pequeño escándalo. Es un desfile que llega desde todas partes a este vórtice de la memoria. Un hormiguero de dos o tres días que nace y muere en días de lluvia como estos. El país entero parece moverse, pero en realidad regresa. Muchas casas levantan las persianas en este par de días y ni siquiera hay tiempo para calentarlas. Es un ritual anual de la mayoría de los pueblos de León; un ritual al que ya parece que estamos acostumbrados y para el que tenemos hechos muchos de nuestros relatos: nos vaciamos por el desequilibrio, por la falta de reconocimiento de una identidad que se diluye en proyectos territoriales a los que les importa más la acumulación que el reconocimiento de los representados. Este año, estos días de Todos los Santos se han visto salpicados por las declaraciones de los políticos –otros más– que parecen olvidar estos relatos. O los ignoran o los desprecian. Hannah Arendt escribió que el mayor peligro para la política es el desprecio de lo que las personas tienen en común: su capacidad de aparecer, de contar y ser contados. Cuando un poder se burla de los relatos de los representados, no solo ofende a quienes los pronuncian: borra la escena misma donde la comunidad puede existir. Y así, poco a poco, va acabando con ella. Mientras paseo entre las tumbas, veo a esa gente que sigue regresando. El cuerpo de esta tierra parece el hormiguero que se conserva débilmente, latiendo bajo el suelo. Un hormiguero que, sin embargo, se niega a la disolución. El Estado, con sus gestores, pueden ofrecer un camposanto con presupuestos, pero nosotros, que regresamos, no somos difuntos. Somos todavía una grieta que se abre en medio de la tierra.


