A menudo, cuando hay una crisis, un fin de época, hay una tendencia a la evasión de las cuestiones del mundo. Se quiebran los relatos que habían sostenido en equilibrio mucho de lo que dábamos por sentado, y hay gentes que se echan a los caminos en busca de un rincón donde guarecerse. El refugio, a menudo, es esa cueva que escondemos dentro de nosotros mismos.
Leo en La Gran Deserción, de Francesca Coin, que cada vez más gente abandona el trabajo. Desde China a Italia, pasando por Estados Unidos, un movimiento de desafección hacia el trabajo recorre el mundo. Parece como si la época en la que reinaba la esperanza de que el trabajo nos permitiría realizar nuestros sueños de emancipación, movilidad y reconocimiento social estuviera llegando a su fin. En China, el movimiento Tang Ping (tumbarse) nació como respuesta a una presión desmedida de la potencia asiática hacia sus trabajadores en su competencia con Estados Unidos.
En el mismo Estados Unidos, desde la pandemia, la población activa no hace más que disminuir ante la masiva renuncia de trabajadores que dicen ver socavada su calidad de vida por trabajos cada vez más precarios. Por todas partes, el discurso del éxito a través del trabajo que se había fraguado durante la crisis de la Guerra Fría no hace más que hacer aguas.
Las personas deciden centrarse en ellas mismas y abandonar los tejidos de una sociedad en la que cada vez creen menos.
Uno no puede dejar de pensar que hay una crisis del sistema, así como la hubo al final del Imperio Romano, cuando por todas partes había eremitas que se echaban al desierto o al monte, y se perdían, y se subían a lo alto de columnas abandonadas para abandonarse con ellas al exilio interior, y construían alejadas ermitas escapando de un mundo que se desmoronaba. Como los que llegaron al Bierzo, a los confines del mundo conocido, y se refugiaron solos dentro de las tripas de la tierra, en cuevas escondidas, en pequeños oratorios. Así, hoy en día, muchos se reclinan ante ellos mismos, aunque quizás de forma menos trascendente: ante su estilo de vida, su salud física y mental, su bienestar.
Hace unos días, en la toma de posesión del presidente Trump, este llevó a Estados Unidos a tomar la decisión que toman los imperios en declive: el repliegue sobre ellos mismos. Y lo dijo flanqueado por los representantes de los que controlan las redes sociales, los medios que hoy dirigen la fe de la población mundial a golpes de algoritmo.
¿Acaso un último intento de mantener en alto los relatos que por todas partes se desmoronan?
Al igual que los anacoretas de los siglos oscuros, muchos van desconfiando de lo que les rodea. Internet ya no es la promesa de una ilustración universal. El trabajo cada vez rinde menos. Hay autovías que van dejando de transitarse para andar caminos que nos lleven al interior de nosotros mismos: caminos recónditos y sinuosos, eso sí, como los que ascendían los eremitas para llegar a lo alto de los agrestes montes de la Valdueza.


