Podría escribir en leonés: “pasóu una selmana dende la Bardoniana de Carrizu”. Y entonces aparecerían ante las palabras dos lectores.
Hoy los chopos de la Ribera tienen un brochazo de otoño entre las ramas. Pasó una semana desde la Bardoniana de Carrizo y cae el frío y la lluvia. Una semana desde el recuerdo de Cayetano Álvarez Bardón. Para conmemorar el centenario de la muerte del autor de los Cuentos en dialecto leonés pasaron por la Casa de Cultura de Carrizo conferencias y conciertos. Y un taller para niños sobre los nombres de los animales en esta lengua que parece que se nos cae de entre las manos. La raposa y el curru, la pega, el gochu. Hay una canción en cada nombre y un niño que levanta una mano. ¡Es la de la cola roja! ¡Es el pájaro que es blanco y es negro! ¡Ese, ese!
Ante las palabras en leonés hay dos lectores. Los que se entusiasman y los que no quieren entenderlo. Los que ven un cuento de animales y los que perciben la amenaza oscura del monte.
Por la Casa de Cultura pasaron hace una semana libros de poesía. También la canción que a muchos trajo un recuerdo anclado en la memoria. O que les alumbró el recodo oscuro donde a menudo se esconde la palabra que se desliza en la panadería, en la calle, en el griterío del bar. Casi siempre en el rincón más recóndito del hogar.
Hoy la Unesco amplía el valor semántico del patrimonio más allá de los palacios y las catedrales. Patrimonio es también todo eso que a menudo se nos desliza entre las manos.
También el susurro de la lengua antigua que se esconde a duras penas entre los gritos que hoy nos rodean por todas partes.
A los asistentes a la Bardoniana no solo les llegaron los ecos de la lengua de siempre. También la voluntad de Cayetano, también la voluntad de su tío Emilio y la de otros autores de hace ahora cien años por dejar constancia y valor de su cultura, de perpetuarla en su trabajo y sus escritos.
Hace una semana latió en Carrizo la música y la poesía. Latió la palabra. El corazón y la vida que siempre quieren perdurar. Frente a las palabras en leonés hay dos lectores. Los hay que no entienden nada, que se ponen graves ante la amenaza para lo que ellos llaman progreso. Los hay también como los niños que levantaban sus manos en la Casa de Cultura de Carrizo, niños que se reconocen en el paisaje y la memoria. ¡Es la de la cola roja! ¡Es el pájaro que es blanco y es negro! ¡Ese, ese!

