Serafín pedaleaba concentrado en las piedras del camino. La noche estaba tan negra que solo se veía lo que iluminaba el foco. Cuanto más pindia se ponía la cuesta, aquello le exigía más esfuerzo. Iba cargando con el hacho y encima se le iba cruzando el perro, como si buscase el abrigo de la luz. La noche parecía la boca del lobo.
A Serafín, a pesar de su edad, no le resultaba muy complicado mover la pesada bicicleta de hierro. Llevaba haciéndolo más de cincuenta años. Noches como esta bajando de los praos con la guadaña al hombro. Otras veces cruzando puentes o subiendo puertos para ir a ver a alguna novia. De muchas verbenas lo vieron alejarse por las últimas cuestas, camino de su pueblo, al ritmo de ligeras pedaladas. En aquel tiempo, algunos decían en el bar que tenían que cogerlo para la Vuelta a España. Es verdad que ahora le costaba más. Se notaba porque en lo oscuro se oía su respiración cada vez más pesada. Y también ese frotar de la llanta contra las piedras: un sonido que aún no era muy recio, pero que ya no era muy dulce, y que ponía nerviosos a los conejos que corrían de acá para allá. Cuando Serafín llegó a lo alto del monte, paró a coger aire y miró a su valle. Si no fuera por el apagón, allí abajo estaría el pueblo, con sus lucecitas, como si fuera un portal de belén. Esta vez a Serafín la rabia le había encendido. A pesar del cansancio, se puso en marcha de nuevo. Ahora por la pista de los molinos, que era mucho más cómoda porque iba por todo lo alto del monte. Si alguien hubiera mirado desde la calle, habría visto a Serafín dibujando despacito, con su pequeña luz, la silueta de la sierra. Esa era la pista por la que Serafín había visto llegar aquellas máquinas gigantescas. Lo hicieron levantando mucho polvo en medio del verano. Y, aunque en el pueblo pusieron una pancarta y una asociación hizo un comunicado, él no dijo nada cuando la junta vecinal accedió. Porque él era así. Solo veía cómo iban jodiendo el monte a cambio de dos puestos de trabajo. Ni siquiera consiguieron que les dieran la luz gratis. Cuando pasaba delante de la ventana, miraba de reojo hacia aquellas torres. Cada día le parecían más grandes y más negras. Le daba tanta rabia que no había vuelto a coger la bicicleta. El escozor se le había ido almacenando debajo de las costillas y, cada mañana, nada más levantarse, echaba las cortinas de la cocina para desayunar de espaldas al monte, con la mirada puesta en la pared, para no decir lo que pensaba. Solo faltaba una gota para que se colmara el vaso. Y entonces, sin explicaciones, llegó lo del apagón, y a todos los dejaron sin luz.
Los primeros que encontraron a Serafín fueron dos vecinos que colaboraban en el rastreo. Sintieron al perro ladrar y les extrañó ver la puerta del aerogenerador abierta y la bicicleta tirada. Cuando se acercaron, les llegó como un tortazo el olor a carne quemada. Un poco más tarde, los guardias pusieron una sábana sobre el cuerpo y metieron el hacho en una bolsa. Unos periodistas sacaban fotos y otros apuntaban en una libreta. En los corrillos, alguno de la empresa se preguntaba que qué estaría pensando aquel hombre, que tenía que estar muy loco para haberse liado a machetazos con los cables así, de esa manera.


