Helada.David Campos, 2025
Contraportada,  Diario de León,  El Retrovisor

De otoño a León

Uno de los cuadros más famosos de Caravaggio es una cesta de frutas que se encuentra en una sala de la Pinacoteca Ambrosiana de Milán. Al acercarnos a él, las frutas, que de lejos nos parecían frescas, nos van descubriendo un universo de manchitas y de parásitos que delatan a la verdadera naturaleza muerta. Las uvas podres, el agujerito oscuro en la manzana o la mancha de la pera nos muestran lo que el pintor milanés nos quería contar: la fugacidad de la vida.

El otoño me recuerda mucho a este cuadro. Una tarde nos parece que todavía es verano, con los rayos de sol calentándonos a través de la ventana, y el amanecer nos despierta con una bofetada de frío a la puerta de casa. Parece que el clima nos manda el mismo mensaje que nos envía Caravaggio: el tiempo pasa, no te confíes, la vida es fútil como la piel de una manzana. Uno de estos días de otoño me acerqué a la huerta que cultivan mis padres en Carrizo. La hierba crujía menos bajo los pies, las últimas lluvias la habían devuelto la ternura. El monte, con sus colores vibrantes, parecía decir adiós a una época terrible de sequía y de incendios. Pero esa bocanada de aire en los pulmones duró poco. Sobre los surcos había un espectáculo demoledor. La helada de la noche había dejado un reguero de plantas achicharradas por el frío. Las hojas quemadas, los tallos rendidos. En una sola noche había muerto todo el esfuerzo del verano. Dice la escritora americana Annie Dillard que la naturaleza es derroche. Todo es un ciclo incesante de producción y consumo, de vida y de muerte. Pero a veces parece que hay lugares donde esta maldición cayó especialmente. Esta tierra nuestra, por ejemplo. Un día te despiertas y todo ha sido arrasado por una helada o por un incendio. Parece que en ese balancín de Dillard la muerte pesa mucho más que la vida. Un día nos hablan de brotes verdes, otro de montones de ceniza. Caravaggio, además de pintar naturalezas muertas, fue un maestro del claroscuro. En sus cuadros, una mano, una mirada o un cuerpo salen de la oscuridad iluminados por un rayo de luz. Son como un retazo de vida saltando desde un fondo negrísimo. Cuando uno sale al campo, cuando pasea por las calles de nuestras ciudades, le gustaría pensar que allí, sentado en una esquina con su caballete, hay un Caravaggio pintando. Y que, además de recordarnos esa degradación que nos persigue, nos muestre en el paisaje que pinta que a veces, desde un rincón, sale también un rayo de esperanza.

Publicado originalmente en el Diario de León.