Una turista se levanta y apunta con su cámara. Su objetivo es una gran máscara colorida que representa la cara de un anciano fumando en pipa. El carnaval de Oruro, en Bolivia, es uno de los más conocidos del mundo. Ahora, la extranjera gira sobre sí misma y dispara a una pollera que cuelga extendida de la pared. Junto al sombrero, muchas veces un bombín, y a la manta, la pollera es una de las prendas más características de las cholitas del altiplano andino. También fotografía los platos que la camarera va depositando sobre la mesa: un chairo paceño, un fricasé, una huarjata…
Los clics se multiplican. La cámara vuela sobre todo lo que habita en este restaurante de La Paz en el que cenamos. Busca reflejar algo. Parece que el relato al que aspira coincide con el ambiente que destila el lugar, un lugar pensado para el que viene de lejos. Un lugar que se parece de forma distorsionada a las calles de La Paz que bullen fuera. Los chistosos de la Plaza de San Francisco, por ejemplo, que ofrecen cada tarde su comedia popular a decenas de carcajadas que los corean desde los peldaños de la escalinata que se extiende ante ellos. O las barberías de la calle Murillo, haciendo volar sus cuchillas sobre hileras de peinados latinos en un espectáculo fordista de producción en serie. Kioscos fantásticos vendiendo tanto mapas de la Guerra del Pacífico como compendios de jurisprudencia penal. Protestas y marchas ruidosas y atascos y caos y funiculares volando.
La extranjera deja la cámara y se sienta a cenar. La música ambiente no nos deja olvidar que estamos al pie de los altares de los Andes y que no somos más que forasteros que aspiramos a una mirada que cumpla con los requisitos. ¿Dónde está realmente lo que vinimos a buscar? ¿O acaso hay una Paz en cada una de las miradas que circulan por sus calles? La Paz del barbero de la calle Murillo y la del turista, La Paz del que se retuerce de risa en la Plaza de San Francisco…
Nosotros volveremos a casa con nuestra Paz. Nos espera nuestro rincón del noroeste de la península ibérica, el Viejo Reino, el lugar de la despoblación y del olvido, el retorno del emigrante, los platos de botillo y de cecina, país de los antruejos y pueblo que no encaja en el puzzle de las autonomías. Tantas miradas de propios y extraños como las que dejamos en La Paz. Miradas que nos atrapan como los eternos personajes que pululan por las bulliciosas calles de la capital andina.


