EL DESIERTO DEL DUERO

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Es una de las explicaciones más extendidas para entender la Reconquista. Sin embargo, aceptarla o no supone enfocar de formas diferentes los orígenes del Reino de León

TIERRA DE CAMPOS EN VALDERAS

Hablar de los siglos VIII y IX es hablar de un paréntesis en la historia leonesa. Apenas hay testimonios, apenas la arqueología ha desvelado escasas evidencias que nos hablen de la presencia humana en este territorio y lo poco que sabemos se reduce a hipótesis muy contestadas. Una de ellas, quizás la más extendida, es la que se conoce con el sugerente término historiográfico de Desierto del Duero. A pesar de que no fue su autor, fue el historiador Claudio Sánchez-Albornoz el que la hizo enormemente popular, hasta tal punto que esta interpretación de la historia es la que más extendida se encuentra entre los leoneses. Seguro que usted también la conoce

Tras la conquista musulmana, un grupo de nobles visigodos se refugiaron en los brumosos y profundos valles cantábricos para, sobre un solar indígena escasamente romanizado, formar los principios de un reino: el reino de Asturias que encabezó el proceso histórico conocido como la Reconquista. Al mismo tiempo, en la meseta, los cristianos abandonaban sus extensos campos y sus hogares para seguir a los primeros monarcas asturianos y refugiarse en sus montañas. Se formaba así un «desierto» que funcionaría estratégicamente frente al enemigo musulmán; ningún ejército sería capaz de abastecerse en aquel yermo. Con el paso de dos siglos y las primeras conquistas militares, los habitantes del reino asturiano regresaron de nuevo al valle del Duero derramando sobre él los nuevos pueblos y ciudades que darían origen al Reino de León.

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LA DERROTA DE VILLALAR

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La ambigüedad a todos los niveles con la que se ha interpretado la revuelta de las Comunidades ha hecho que se haya convertido en una celebración con muy poco tirón, sobre todo entre los leoneses

VD01.VALLADOLID.23/04/09.-Un grupo de personas celebra el Dia de Castilla y León en la localidad vallisoletana de Villalar de los Comuneros. EFE/NACHO GALLEGO

El 23 de abril de 1521 caían derrotadas en las proximidades de la localidad vallisoletana de Villalar las últimas huestes comuneras. Concluía así una revuelta que pretendía poner freno a las prerrogativas reales del nuevo emperador Carlos I, un monarca que llegaba a las costas peninsulares ajeno a la realidad hispánica y que se encontró a su llegada con un fuerte rechazo, sobre todo por parte de las oligarquías de muchas de las ciudades de la Corona de Castilla. Ríos de tinta ha desbordado desde entonces la historiografía acerca del proceso de las Comunidades: revolución de las clases populares para unos, revuelta de un puñado de privilegiados para otros. Lo cierto es que a partir del siglo XIX fue la visión romántica de la lucha por las libertades castellanas la que poco a poco fue imponiéndose a medida que cuajaba el liberalismo en nuestro país. Desde la invasión napoleónica, grupos de liberales encontraron en los comuneros a esos protoliberales enfrentados a un emperador extranjero en los que, dadas las circunstancias del momento, podían reflejarse.

Nacía así una tradición por la que algunos sectores políticos de izquierdas vieron en las Comunidades el despertar político de la conciencia histórica castellana forjada en la lucha por su libertad. Sin embargo, será la ambigüedad del propio término «Castilla» la que dejará coja a la reclamación y también huérfana de referencias territoriales concretas donde agarrarse. Porque ¿a qué se refiere esa Castilla? La cita de Ortega y Gasset de que «Castilla ha hecho a España» es una afirmación que corría implícita en las reclamaciones políticas de los republicanos españoles desde el mismo momento en que dotaron a la bandera española del presunto color morado del pendón de los comuneros. Castilla es España y a toda ella se extendían sus duelos y quebrantos.
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LAS PRIMERAS CORTES

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La reivindicación de las Cortes de 1188 como el «origen de la democracia» es una idea comunmente aceptada en los últimos tiempos, pero no hay que olvidar que es una afirmación que no está exenta de polémica

Cortes de 1188. Cortejo. Recreación en San Isidoro. León. 18 – junio – 2016. Secundino Pérez

Es otro de los mitos recurrentes del leonesismo, del político y del sociológico. A través de una afirmación sencilla y meridiana: «El primer parlamento de la historia», estos días se ha vuelto a agitar el banderín de la indignación contra el enemigo que quiere borrar las esencias de lo leonés de la faz de la tierra. Sin embargo, y a pesar de su importancia para la evolución de las instituciones medievales, no se puede afirmar que las Cortes de 1188 sean ese parlamento que disputa al inglés la primogenitura en la génesis de la democracia. Tanto los medios de comunicación que, a raíz del lamentable atentado de Londres, han reivindicado ese papel para la institución británica como partidos e individuos leoneses que se lo han disputado para nuestras cortes insisten en planteamientos historiográficos de línea bastante gruesa.

El debate es viejo. En 1988, con ocasión del octavo centenario de las famosas cortes, ya avisaban historiadores del Derecho como Fernando de Arvizu o Carlos Estepa del peligro de simplificar los acontecimientos. La historiografía liberal decimonónica había hecho especial hincapié en la presencia del tercer estado en las cortes como forma de entroncar aquel momento con el parlamentarismo contemporáneo. Sin embargo, ambas instituciones son sustancialmente diferentes; nada hace suponer que en el siglo XII hubiese nada parecido a la idea actual de soberanía popular.

Las cortes no fueron más que una evolución romanceada del término latino curia, la camarilla permanente del rey o, en ocasiones de especial significación, la reunión extraordinaria de nobles y altos dignatarios eclesiásticos que debían al rey esa obligación feudal llamada «auxilium et concilium», es decir, auxilio y consejo a su señor, cuyo poder total no estaba cuestionado en absoluto. La aparición entre estos magnates de representantes de las ciudades nos habla más bien de la creciente influencia de algunos burgueses, pero no necesariamente de una creciente distribución del poder.

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DEL PUEBLO SON

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A pesar de no ser ni tan leoneses ni tan antiguos, los pendones quizás tengan mucho que enseñarnos sobre la historia de nuestra tierra.

CELEBRACIÓN DE LA ROMERÍA DE SAN FROILÁN EN LA VIRGEN DEL CAMINO – Jesús F, Salvadores –

Para la mayoría de los leoneses, los pendones son una peculiaridad genuina del Reino de León, símbolos cuyo origen se hunde en lo más profundo de la Edad Media donde, como coloridos puntales en medio del campo de batalla, servían a las mesnadas como referencia según el lugar del que procedían. De esta manera habrían llegado hasta hoy como representantes de los pueblos, convirtiéndose en uno de los símbolos más genuinos de la identidad regional leonesa. Sin embargo, y como vamos a ver a continuación, su espacio geográfico es mucho más amplio y sus orígenes históricos están sembrados de dudas.

Los datos con los que contamos acerca de estas enseñas durante la Edad Media nos hablan de pendones representantes de los grandes concejos y villas casi exclusivamente al sur del Duero, en las zonas más directamente implicadas en la Reconquista y con un modelo poblacional muy diferente al de León. En estas zonas, las grandes villas funcionaban como epicentros alrededor de los cuales orbitaban pueblos más pequeños que dependían directamente de ellos. En las guerras acudían todos juntos bajo el pendón de la villa principal. Al final de la Reconquista, los pendones perdieron esta utilidad bélica y pasaron a funcionar como meras enseñas de aquellos municipios. Sin embargo, la extensión de su uso a pueblos y aldeas cada vez más pequeños y hacia lugares al norte del Duero más desligados de los esfuerzos bélicos de la Reconquista parece venir después.

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LA ROMA DEL NOROESTE

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La historiografía tradicional ha identificado el Reino de León con la región leonesa. Sin embargo, la vinculación entre lo leonés y un territorio concreto fue problemática durante la época del antiguo reino

Hace ya casi cuarenta años que, en pleno proceso autonómico, el escritor Juan Pedro Aparicio se quejaba amargamente de la «maldición onomástica» que había caído sobre León. Cualquiera que tratara de identificar León, lo leonés, como uno de esos pueblos que en aquel momento pujaban por encontrar un hueco en esa carrera por la autonomía, caía en una maraña de significados de la que era muy difícil salir. Más allá del León-ciudad, el León-provincia, ¿había una realidad leonesa que pudiera ser definida en términos geopolíticos o regionales? ¿Se podía hablar de una identidad colectiva?

La respuesta pasa para la mayoría de los leoneses por una afirmación meridiana e incuestionable: lo leonés surge de una continuidad histórica encarnada en el Reino de León, una realidad que llega hasta la Transición y que es traumáticamente cercenada por políticos serviles y felones. Sin embargo, como suele suceder con los asuntos humanos, cuando se rasca un poco en su superficie la realidad es algo más compleja. Siguiendo al historiador Sánchez Badiola, el término leonés se nos despliega como un término de una gran plasticidad y a menudo inasible. Las fuentes históricas no nos hablan de un territorio identificable con el reino leonés en la Edad Media, sino de una sede regia situada en la ciudad de León. Regnante in Legione es una intitulación que nos habla del lugar donde residía y desde donde gobernaba el rey. Pero, sin embargo, nada nos cuenta esta noticia de un espacio regional identificado con ese nombre. Galicia, Asturias, Campos, Castilla o Extremadura (el territorio más allá del Duero) sí que aparecen en los documentos medievales como realidades más o menos definidas. Sin embargo, las comarcas que hoy conocemos como leonesas y las del norte y occidente de Zamora pasan por una imprecisión manifiesta. Terra de Foras, Foramonte o Foris Monte son algunos términos con los que se alude a estas zonas que rodean a la capital del reino. Parece que son nombradas por negación frente al resto: son «las tierras de más allá de los montes» de Asturias, de Galicia o de Castilla.

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LA VIEJA: DEL MONTE AL CARNAVAL

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Para la mayoría de los leoneses la Vieja del Monte se ha convertido en un personaje entrañable asociado a la Navidad. Verla brincando con las enaguas al viento durante los carnavales puede que sea una interesante sorpresa

Grupo Antruejo Carrizo –

Viernes llardeiro en Carrizo de la Ribera: una comparsa se acerca por la calle cantando. Suenan los tururús. Los trajes blancos y las abarcas delatan que estamos en Antruejo y las bromas también. Entre los participantes asoma un carro sobre el que se agita espasmódicamente una muñeca vestida como una vieja. Es una anciana de esas que ya son difíciles de encontrar en nuestros pueblos: de negro y con pañoleta. Le cantan canciones burlescas y ella responde con su danza. La llaman la Tarara, es la protagonista de celebraciones que en otros tiempos estuvieron mucho más extendidas por nuestros pueblos y que hoy Carrizo conserva como una reliquia. Fiestas donde los actos giraban alrededor de una anciana cuyo significado es a veces oscuro, pero sin duda muy interesante y que, incluso, parece estar relacionado con el más conocido de la Vieja del Monte. Pero ¿de dónde viene esa relación?

Poco después de publicar en esta sección el artículo La Vieja, la raposa y los pajarines, el investigador Miguel Ángel González respondía a mi afirmación de que era un tanto forzado relacionar a la Vieja del Monte con la Navidad con un documentadísimo trabajo. Miguel Ángel, autor de Teleno, Señor del Laberinto, del Rayo y la Muerte y de interesantes investigaciones sobre la relación entre las fiestas tradicionales y el calendario astronómico, me llamaba la atención sobre una forma diferente de ver a esta anciana. Según esa visión, esta aparece en numerosas celebraciones como la reencarnación de una Diosa Madre relacionada íntimamente con el invierno. Una figura que se repite en muchas de las fiestas invernales; esas que van de la Navidad a la Cuaresma y que se extienden por toda Europa.

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LLINGUAS Y BANDERAS

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Las lenguas son parte fundamental de nuestro patrimonio cultural. Sin embargo, en ocasiones, su valor se desprestigia por el uso partidista de las mismas. El caso del leonés es un buen ejemplo de ello

Norberto

Que el respeto social por las Humanidades anda bajo mínimos es algo que a nadie pilla por sorpresa. Para una gran parte de la sociedad, la autoridad de los especialistas en estos temas es algo que se suele reconocer solo cuando sirve para confirmar con un marchamo de autoridad los propios prejuicios sobre el mundo que nos rodea. Y así nos va. Ahí andan discusiones ya zanjadas en los foros académicos dando saltos todavía de la barra del bar a las redes sociales pasando por la palestra política. En estos asuntos quizás sea el tema de las lenguas uno de los más manidos. A pesar de que los lingüistas las suelen tener bien inventariadas y clasificadas, los legos se afanan a menudo en retorcer incluso los términos más sesudos para hacer coincidir deseo y realidad. Más cuando todavía tenemos grabada a fuego esa idea romántica de que lengua y nación se funden abrazadas desde lo más profundo del origen de los tiempos.

En León no hemos sido ajenos a esta situación. Desde que Menéndez Pidal publicara El Dialecto Leonés en 1906, la caracterización del asturleonés como lengua quedó clara hasta la fecha. Y los estudios que se hicieron desde entonces por el ámbito académico fueron muchísimos. Dámaso Alonso o Caro Baroja son solo algunas de las grandes espadas de la cultura española que se acercaron a este patrimonio lingüístico con el afán de investigarlo. Además, son innumerables las tesis doctorales y estudios universitarios hechos sobre el asturleonés y sus dialectos desde entonces y hasta hoy. Lamentablemente son estudios que han pasado de puntillas para el gran público.

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¿LA UNIÓN «DEFINITIVA» DE CASTILLA Y LEÓN?

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En 1230 se unen las coronas de León y de Castilla. Sin embargo, una institución mantiene la peculiaridad leonesa: el adelantamiento de León
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Es ya un lugar común. La unión de las coronas de León y Castilla sobre la cabeza del rey Fernando es para muchos el argumento con el que justificar la unión que representa nuestra actual comunidad autónoma. Sin embargo, no deja de ser una afirmación bastante gratuita, pues la aportación de uno y otro reino a la nueva corona que surge en 1230 excede los territorios de la actual Castilla y León. Así, territorios que formaban parte del solar leonés como Galicia y Asturias deberían ir incluidas en el lote, cosa que hoy en día a nadie se le pasa por la cabeza. ¿Por qué entonces aquellas no y León sí? ¿Hay alguna reordenación territorial o administrativa a partir de esa unión que nos permita pensar que el territorio leonés se una al castellano? Y, si es así, ¿cuál sería el alcance de ese territorio? Para responder a estas preguntas haremos un brevísimo repaso de una institución poco conocida y que, desde el mismo momento en que ambos reinos se unen, pasa a administrar el territorio leonés hasta el siglo XIX. Hablamos del Adelantamiento de León.

Volvamos a la época de Fernando III. Desde su llegada al trono va a seguir con la costumbre ya conocida desde tiempos del monarca leonés Alfonso VI de dividir su territorio en merindades mayores. Al frente de cada uno de estos territorios, un merino mayor recorría villas y señoríos impartiendo justicia y haciendo valer el poder real frente a apetencias e intereses de nobles y concejos. Pues bien, dos son estas primeras demarcaciones, una para cada uno de los reinos que originan la nueva corona, León y Castilla. Y poco después se divide cada una de estas en otras dos: las de Galicia y Murcia. Sin que sepamos muy bien cómo, en tiempos del siguiente monarca, Alfonso X, las merindades mayores pasan a llamarse adelantamientos, incorporándose a ellos uno nuevo, el de la Frontera, en tierras andaluzas.
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D’URIENTE VENIMUS

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De todos los personajes navideños que hoy nos inundan, los Reyes Magos son los que más genuinamente han llegado hasta nosotros a través de la tradiciónName of the source

CABALGATA DE LOS REYES MAGOS 2012 EN LEÓN

Dice José Álvarez Junco que el nacionalismo es un terreno privilegiado para estudiar la vinculación entre la cultura y la movilización política. Y la verdad es que, en estos últimos tiempos carentes de muchos referentes, la búsqueda de sujetos colectivos, de «nosotros» identificados con diferentes símbolos compartidos, ha manipulado y exagerado elementos culturales antiguos hasta el límite, muchas veces, de lo grotesco. Hablábamos en un artículo anterior de los personajes navideños que han surgido a nuestro alrededor prácticamente exnovo en sus funciones y representación. Estos personajes —el Olentzero, el Apalpador o la Vieja del Monte— han sido bien aceptados precisamente en entornos urbanos, en contextos sociales totalmente alejados del mundo rural que los vio nacer, como una forma de reconstruir, de forma casi mágica, el puente perdido con un mundo con el que no les une hoy en día prácticamente nada. Y precisamente son las mismas clases urbanitas que hace una generación vilipendiaron la cultura rural como de segunda categoría, las que hoy la tratan de «recuperar» remozándola para adaptarla a su forma de vida. Nada de malo habría en ello (todo lo contrario), si aquella cultura se hiciera propia manteniendo su legado y respetándolo. Pero lamentablemente, y volviendo a la ecuación del mencionado Álvarez Junco, el interés por la movilización política se ha superpuesto en muchas ocasiones al respeto por el patrimonio cultural.

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La vieja, la raposa y los pajarines

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La Vieja del Monte se va haciendo un hueco entre los personajes destinados a hacer la competencia a Papá Noel durante la navidad leonesa. Sin embargo esta figura poco tenía que ver con esta época del añoName of the source

Hace tres años, en esta misma sección de La Llariega, Nicolás Bartolomé reivindicaba una figura mitológica apenas tratada por la bibliografía hasta el momento: la de la Vieja del Monte. Apenas José Luis Puerto se había hecho eco del personaje en la Revista Tierras de León y posteriormente en su extraordinaria recopilación de leyendas leonesas publicada por la Diputación provincial. Sin embargo, aquella semilla cayó en una tierra fértil. El creciente interés por encontrar alternativas locales a personajes navideños implantados más ampliamente, como Papá Noel o los Reyes Magos, unido a movimientos regionalistas o nacionalistas que proliferan por todas partes, hizo que la Vieja se haya convertido en un personaje que empieza a ser popular en la capital leonesa. Eso sí, desprovista de sus atributos originales y adaptada a lo que realmente se espera de ella; convertirse en un Santa Claus con pañoleta que siga alimentando la rueda de consumo propia de estas fechas; pero, con lo que parece más importante, la etiqueta de «menos globalizada».

Ejemplos de esta maniobra, sin embargo, no faltan por todas partes. La metamorfosis a finales de los ochenta del Olentzero vasco, en origen un vividor y borracho impenitente, en un gordo entrañable tocado con txapela que se cuela por las chimeneas es de sobra conocida, por no hablar de otros más recientes como el Apalpador gallego que va cargado con un saco lleno de regalos o el, directamente inventado, barbudo Anguleru asturiano.

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