¿LA UNIÓN «DEFINITIVA» DE CASTILLA Y LEÓN?

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En 1230 se unen las coronas de León y de Castilla. Sin embargo, una institución mantiene la peculiaridad leonesa: el adelantamiento de León
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Es ya un lugar común. La unión de las coronas de León y Castilla sobre la cabeza del rey Fernando es para muchos el argumento con el que justificar la unión que representa nuestra actual comunidad autónoma. Sin embargo, no deja de ser una afirmación bastante gratuita, pues la aportación de uno y otro reino a la nueva corona que surge en 1230 excede los territorios de la actual Castilla y León. Así, territorios que formaban parte del solar leonés como Galicia y Asturias deberían ir incluidas en el lote, cosa que hoy en día a nadie se le pasa por la cabeza. ¿Por qué entonces aquellas no y León sí? ¿Hay alguna reordenación territorial o administrativa a partir de esa unión que nos permita pensar que el territorio leonés se una al castellano? Y, si es así, ¿cuál sería el alcance de ese territorio? Para responder a estas preguntas haremos un brevísimo repaso de una institución poco conocida y que, desde el mismo momento en que ambos reinos se unen, pasa a administrar el territorio leonés hasta el siglo XIX. Hablamos del Adelantamiento de León.

Volvamos a la época de Fernando III. Desde su llegada al trono va a seguir con la costumbre ya conocida desde tiempos del monarca leonés Alfonso VI de dividir su territorio en merindades mayores. Al frente de cada uno de estos territorios, un merino mayor recorría villas y señoríos impartiendo justicia y haciendo valer el poder real frente a apetencias e intereses de nobles y concejos. Pues bien, dos son estas primeras demarcaciones, una para cada uno de los reinos que originan la nueva corona, León y Castilla. Y poco después se divide cada una de estas en otras dos: las de Galicia y Murcia. Sin que sepamos muy bien cómo, en tiempos del siguiente monarca, Alfonso X, las merindades mayores pasan a llamarse adelantamientos, incorporándose a ellos uno nuevo, el de la Frontera, en tierras andaluzas.
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D’URIENTE VENIMUS

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De todos los personajes navideños que hoy nos inundan, los Reyes Magos son los que más genuinamente han llegado hasta nosotros a través de la tradiciónName of the source

CABALGATA DE LOS REYES MAGOS 2012 EN LEÓN

Dice José Álvarez Junco que el nacionalismo es un terreno privilegiado para estudiar la vinculación entre la cultura y la movilización política. Y la verdad es que, en estos últimos tiempos carentes de muchos referentes, la búsqueda de sujetos colectivos, de «nosotros» identificados con diferentes símbolos compartidos, ha manipulado y exagerado elementos culturales antiguos hasta el límite, muchas veces, de lo grotesco. Hablábamos en un artículo anterior de los personajes navideños que han surgido a nuestro alrededor prácticamente exnovo en sus funciones y representación. Estos personajes —el Olentzero, el Apalpador o la Vieja del Monte— han sido bien aceptados precisamente en entornos urbanos, en contextos sociales totalmente alejados del mundo rural que los vio nacer, como una forma de reconstruir, de forma casi mágica, el puente perdido con un mundo con el que no les une hoy en día prácticamente nada. Y precisamente son las mismas clases urbanitas que hace una generación vilipendiaron la cultura rural como de segunda categoría, las que hoy la tratan de «recuperar» remozándola para adaptarla a su forma de vida. Nada de malo habría en ello (todo lo contrario), si aquella cultura se hiciera propia manteniendo su legado y respetándolo. Pero lamentablemente, y volviendo a la ecuación del mencionado Álvarez Junco, el interés por la movilización política se ha superpuesto en muchas ocasiones al respeto por el patrimonio cultural.

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La vieja, la raposa y los pajarines

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La Vieja del Monte se va haciendo un hueco entre los personajes destinados a hacer la competencia a Papá Noel durante la navidad leonesa. Sin embargo esta figura poco tenía que ver con esta época del añoName of the source

Hace tres años, en esta misma sección de La Llariega, Nicolás Bartolomé reivindicaba una figura mitológica apenas tratada por la bibliografía hasta el momento: la de la Vieja del Monte. Apenas José Luis Puerto se había hecho eco del personaje en la Revista Tierras de León y posteriormente en su extraordinaria recopilación de leyendas leonesas publicada por la Diputación provincial. Sin embargo, aquella semilla cayó en una tierra fértil. El creciente interés por encontrar alternativas locales a personajes navideños implantados más ampliamente, como Papá Noel o los Reyes Magos, unido a movimientos regionalistas o nacionalistas que proliferan por todas partes, hizo que la Vieja se haya convertido en un personaje que empieza a ser popular en la capital leonesa. Eso sí, desprovista de sus atributos originales y adaptada a lo que realmente se espera de ella; convertirse en un Santa Claus con pañoleta que siga alimentando la rueda de consumo propia de estas fechas; pero, con lo que parece más importante, la etiqueta de «menos globalizada».

Ejemplos de esta maniobra, sin embargo, no faltan por todas partes. La metamorfosis a finales de los ochenta del Olentzero vasco, en origen un vividor y borracho impenitente, en un gordo entrañable tocado con txapela que se cuela por las chimeneas es de sobra conocida, por no hablar de otros más recientes como el Apalpador gallego que va cargado con un saco lleno de regalos o el, directamente inventado, barbudo Anguleru asturiano.

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El dueño del trueno

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De todos los seres mitológicos fue quizás el más profundamente arraigado y extendido por las comarcas leonesas; hoy, el viejo mal encarado que provocaba con su furia las tormentas, está en trance de desaparecer de nuestro recuerdo

TORMENTA SOBRE LA CATEDRAL DE LEÓN / RAYOS – Ramiro

Pocas leyendas gozaron de tanta vitalidad en nuestra tierra como las que tienen que ver con los fenómenos atmosféricos. La formación de las nubes, el trueno, las tormentas de piedra que caían con estrépito algunas tardes de verano fueron, para aquellas personas que vivían de la tierra, la mayor amenaza para su sustento e, incluso, para su propia seguridad y supervivencia.

¿Quién provocaba aquellos sucesos calamitosos? La mentalidad arcaica campesina elaboró toda una suerte de personajes legendarios que habitaban el cielo y controlaban el rayo y la centella. El comportamiento maligno de brujas, espíritus y demonios explicaba aquellos sucesos que se escapaban del control humano. Uno, el Reñuberu, quizás sea, de todos esos personajes, el más conocido en la mayoría de las comarcas leonesas.

Un viejo mal encarado, una bestia informe o el mismísimo diablo son algunas formas que adoptaba ese ser que dirigía las tormentas. Otras veces provocaba el ruido de los truenos o formaba las nubes o arrojaba el pedrisco. E incluso algunas veces, como tuvimos ocasión de escuchar de boca de un pastor en la Cepeda hace algunos años, cae con los rayos y aparece medio congelado y vestido de blanco entre unas zarzas. En ese caso, si algún alma caritativa lo invitaba a recuperarse al calor de su cocina, podía recibir a cambio del Reñuberu, que aquí mostraba como excepción su rostro más amable, un enorme tesoro.

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¿La bandera castellana de león?

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A pesar de estar hoy aceptado, el color carmesí asociado tradicionalmente a los pendones de la Corona de Castilla puede que no sea ni tan castellano ni el único utilizado para la enseña leonesa. Un viaje a sus orígenes quizás nos ofrezca alguna respuesta

En muchas ocasiones presumen los leoneses de símbolos remotos frente a los ‘inventados’ de otros pueblos hispanos aludiendo a ese marchamo de autenticidad que parecen dar las cosas muy antiguas. Sin embargo, y como veremos, los orígenes de algunos de ellos como los de la bandera no van mucho más allá de los de otras enseñas peninsulares.

El primer problema al que nos enfrentamos a la hora de determinar el origen de la bandera de León es el mismo que aqueja al resto de ‘señas de identidad’ del leonesismo; el de separar capital de provincia, de región o de reino. ¿A quién representa la bandera leonesa?

A nada que nos fijemos, una inmensa mayoría de las banderas provinciales de la antigua Corona de Castilla tienen una estética muy parecida; un escudo de armas sobre fondo carmesí o púrpura. El origen de estas banderas tiene su origen en la creación de las provincias en 1833. Los nuevos departamentos provinciales, a la hora de buscar una enseña que los representara, hicieron suyas las que tenían sus capitales que, como el resto de los municipios de la Corona, contaban con el llamado pendón real.

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Careas

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Estoy seguro de que los animales van al limbo. De alguna forma se tienen que ver recompensados por esa relación tan especial que tienen con los niños. En mi caso, uno de mis recuerdos más primeros fueron dos perras; la Chula y la Mori. Posiblemente, junto con el corral de ovejas, las últimas ruinas de aquel rebaño que decían había tenido mi abuelo. Son recuerdos muy endebles. El color era diferente, pero creo que eran dos animales muy parecidos a los de la fotografía. De lo que estoy seguro es que un día, bajo aquel corredor de madera, a la puerta de la cocina vieja, la Chula y yo nos miramos fijamente. Teníamos los ojos a la misma altura. Ella ya estaba muy cansada. Y no me preguntéis por qué, pero entonces yo saqué de aquellos ojos la sensación, la sensación muy cierta de que algo (o mucho) de todo aquello estaba muy cerca de morir.

Fuente foto: Carea leonés, perro de pastor.