DEL PUEBLO SON

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A pesar de no ser ni tan leoneses ni tan antiguos, los pendones quizás tengan mucho que enseñarnos sobre la historia de nuestra tierra.

CELEBRACIÓN DE LA ROMERÍA DE SAN FROILÁN EN LA VIRGEN DEL CAMINO – Jesús F, Salvadores –

Para la mayoría de los leoneses, los pendones son una peculiaridad genuina del Reino de León, símbolos cuyo origen se hunde en lo más profundo de la Edad Media donde, como coloridos puntales en medio del campo de batalla, servían a las mesnadas como referencia según el lugar del que procedían. De esta manera habrían llegado hasta hoy como representantes de los pueblos, convirtiéndose en uno de los símbolos más genuinos de la identidad regional leonesa. Sin embargo, y como vamos a ver a continuación, su espacio geográfico es mucho más amplio y sus orígenes históricos están sembrados de dudas.

Los datos con los que contamos acerca de estas enseñas durante la Edad Media nos hablan de pendones representantes de los grandes concejos y villas casi exclusivamente al sur del Duero, en las zonas más directamente implicadas en la Reconquista y con un modelo poblacional muy diferente al de León. En estas zonas, las grandes villas funcionaban como epicentros alrededor de los cuales orbitaban pueblos más pequeños que dependían directamente de ellos. En las guerras acudían todos juntos bajo el pendón de la villa principal. Al final de la Reconquista, los pendones perdieron esta utilidad bélica y pasaron a funcionar como meras enseñas de aquellos municipios. Sin embargo, la extensión de su uso a pueblos y aldeas cada vez más pequeños y hacia lugares al norte del Duero más desligados de los esfuerzos bélicos de la Reconquista parece venir después.

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LA ROMA DEL NOROESTE

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La historiografía tradicional ha identificado el Reino de León con la región leonesa. Sin embargo, la vinculación entre lo leonés y un territorio concreto fue problemática durante la época del antiguo reino

Hace ya casi cuarenta años que, en pleno proceso autonómico, el escritor Juan Pedro Aparicio se quejaba amargamente de la «maldición onomástica» que había caído sobre León. Cualquiera que tratara de identificar León, lo leonés, como uno de esos pueblos que en aquel momento pujaban por encontrar un hueco en esa carrera por la autonomía, caía en una maraña de significados de la que era muy difícil salir. Más allá del León-ciudad, el León-provincia, ¿había una realidad leonesa que pudiera ser definida en términos geopolíticos o regionales? ¿Se podía hablar de una identidad colectiva?

La respuesta pasa para la mayoría de los leoneses por una afirmación meridiana e incuestionable: lo leonés surge de una continuidad histórica encarnada en el Reino de León, una realidad que llega hasta la Transición y que es traumáticamente cercenada por políticos serviles y felones. Sin embargo, como suele suceder con los asuntos humanos, cuando se rasca un poco en su superficie la realidad es algo más compleja. Siguiendo al historiador Sánchez Badiola, el término leonés se nos despliega como un término de una gran plasticidad y a menudo inasible. Las fuentes históricas no nos hablan de un territorio identificable con el reino leonés en la Edad Media, sino de una sede regia situada en la ciudad de León. Regnante in Legione es una intitulación que nos habla del lugar donde residía y desde donde gobernaba el rey. Pero, sin embargo, nada nos cuenta esta noticia de un espacio regional identificado con ese nombre. Galicia, Asturias, Campos, Castilla o Extremadura (el territorio más allá del Duero) sí que aparecen en los documentos medievales como realidades más o menos definidas. Sin embargo, las comarcas que hoy conocemos como leonesas y las del norte y occidente de Zamora pasan por una imprecisión manifiesta. Terra de Foras, Foramonte o Foris Monte son algunos términos con los que se alude a estas zonas que rodean a la capital del reino. Parece que son nombradas por negación frente al resto: son «las tierras de más allá de los montes» de Asturias, de Galicia o de Castilla.

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LA VIEJA: DEL MONTE AL CARNAVAL

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Para la mayoría de los leoneses la Vieja del Monte se ha convertido en un personaje entrañable asociado a la Navidad. Verla brincando con las enaguas al viento durante los carnavales puede que sea una interesante sorpresa

Grupo Antruejo Carrizo –

Viernes llardeiro en Carrizo de la Ribera: una comparsa se acerca por la calle cantando. Suenan los tururús. Los trajes blancos y las abarcas delatan que estamos en Antruejo y las bromas también. Entre los participantes asoma un carro sobre el que se agita espasmódicamente una muñeca vestida como una vieja. Es una anciana de esas que ya son difíciles de encontrar en nuestros pueblos: de negro y con pañoleta. Le cantan canciones burlescas y ella responde con su danza. La llaman la Tarara, es la protagonista de celebraciones que en otros tiempos estuvieron mucho más extendidas por nuestros pueblos y que hoy Carrizo conserva como una reliquia. Fiestas donde los actos giraban alrededor de una anciana cuyo significado es a veces oscuro, pero sin duda muy interesante y que, incluso, parece estar relacionado con el más conocido de la Vieja del Monte. Pero ¿de dónde viene esa relación?

Poco después de publicar en esta sección el artículo La Vieja, la raposa y los pajarines, el investigador Miguel Ángel González respondía a mi afirmación de que era un tanto forzado relacionar a la Vieja del Monte con la Navidad con un documentadísimo trabajo. Miguel Ángel, autor de Teleno, Señor del Laberinto, del Rayo y la Muerte y de interesantes investigaciones sobre la relación entre las fiestas tradicionales y el calendario astronómico, me llamaba la atención sobre una forma diferente de ver a esta anciana. Según esa visión, esta aparece en numerosas celebraciones como la reencarnación de una Diosa Madre relacionada íntimamente con el invierno. Una figura que se repite en muchas de las fiestas invernales; esas que van de la Navidad a la Cuaresma y que se extienden por toda Europa.

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LLINGUAS Y BANDERAS

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Las lenguas son parte fundamental de nuestro patrimonio cultural. Sin embargo, en ocasiones, su valor se desprestigia por el uso partidista de las mismas. El caso del leonés es un buen ejemplo de ello

Norberto

Que el respeto social por las Humanidades anda bajo mínimos es algo que a nadie pilla por sorpresa. Para una gran parte de la sociedad, la autoridad de los especialistas en estos temas es algo que se suele reconocer solo cuando sirve para confirmar con un marchamo de autoridad los propios prejuicios sobre el mundo que nos rodea. Y así nos va. Ahí andan discusiones ya zanjadas en los foros académicos dando saltos todavía de la barra del bar a las redes sociales pasando por la palestra política. En estos asuntos quizás sea el tema de las lenguas uno de los más manidos. A pesar de que los lingüistas las suelen tener bien inventariadas y clasificadas, los legos se afanan a menudo en retorcer incluso los términos más sesudos para hacer coincidir deseo y realidad. Más cuando todavía tenemos grabada a fuego esa idea romántica de que lengua y nación se funden abrazadas desde lo más profundo del origen de los tiempos.

En León no hemos sido ajenos a esta situación. Desde que Menéndez Pidal publicara El Dialecto Leonés en 1906, la caracterización del asturleonés como lengua quedó clara hasta la fecha. Y los estudios que se hicieron desde entonces por el ámbito académico fueron muchísimos. Dámaso Alonso o Caro Baroja son solo algunas de las grandes espadas de la cultura española que se acercaron a este patrimonio lingüístico con el afán de investigarlo. Además, son innumerables las tesis doctorales y estudios universitarios hechos sobre el asturleonés y sus dialectos desde entonces y hasta hoy. Lamentablemente son estudios que han pasado de puntillas para el gran público.

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¿LA UNIÓN «DEFINITIVA» DE CASTILLA Y LEÓN?

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En 1230 se unen las coronas de León y de Castilla. Sin embargo, una institución mantiene la peculiaridad leonesa: el adelantamiento de León
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Es ya un lugar común. La unión de las coronas de León y Castilla sobre la cabeza del rey Fernando es para muchos el argumento con el que justificar la unión que representa nuestra actual comunidad autónoma. Sin embargo, no deja de ser una afirmación bastante gratuita, pues la aportación de uno y otro reino a la nueva corona que surge en 1230 excede los territorios de la actual Castilla y León. Así, territorios que formaban parte del solar leonés como Galicia y Asturias deberían ir incluidas en el lote, cosa que hoy en día a nadie se le pasa por la cabeza. ¿Por qué entonces aquellas no y León sí? ¿Hay alguna reordenación territorial o administrativa a partir de esa unión que nos permita pensar que el territorio leonés se una al castellano? Y, si es así, ¿cuál sería el alcance de ese territorio? Para responder a estas preguntas haremos un brevísimo repaso de una institución poco conocida y que, desde el mismo momento en que ambos reinos se unen, pasa a administrar el territorio leonés hasta el siglo XIX. Hablamos del Adelantamiento de León.

Volvamos a la época de Fernando III. Desde su llegada al trono va a seguir con la costumbre ya conocida desde tiempos del monarca leonés Alfonso VI de dividir su territorio en merindades mayores. Al frente de cada uno de estos territorios, un merino mayor recorría villas y señoríos impartiendo justicia y haciendo valer el poder real frente a apetencias e intereses de nobles y concejos. Pues bien, dos son estas primeras demarcaciones, una para cada uno de los reinos que originan la nueva corona, León y Castilla. Y poco después se divide cada una de estas en otras dos: las de Galicia y Murcia. Sin que sepamos muy bien cómo, en tiempos del siguiente monarca, Alfonso X, las merindades mayores pasan a llamarse adelantamientos, incorporándose a ellos uno nuevo, el de la Frontera, en tierras andaluzas.
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D’URIENTE VENIMUS

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De todos los personajes navideños que hoy nos inundan, los Reyes Magos son los que más genuinamente han llegado hasta nosotros a través de la tradiciónName of the source

CABALGATA DE LOS REYES MAGOS 2012 EN LEÓN

Dice José Álvarez Junco que el nacionalismo es un terreno privilegiado para estudiar la vinculación entre la cultura y la movilización política. Y la verdad es que, en estos últimos tiempos carentes de muchos referentes, la búsqueda de sujetos colectivos, de «nosotros» identificados con diferentes símbolos compartidos, ha manipulado y exagerado elementos culturales antiguos hasta el límite, muchas veces, de lo grotesco. Hablábamos en un artículo anterior de los personajes navideños que han surgido a nuestro alrededor prácticamente exnovo en sus funciones y representación. Estos personajes —el Olentzero, el Apalpador o la Vieja del Monte— han sido bien aceptados precisamente en entornos urbanos, en contextos sociales totalmente alejados del mundo rural que los vio nacer, como una forma de reconstruir, de forma casi mágica, el puente perdido con un mundo con el que no les une hoy en día prácticamente nada. Y precisamente son las mismas clases urbanitas que hace una generación vilipendiaron la cultura rural como de segunda categoría, las que hoy la tratan de «recuperar» remozándola para adaptarla a su forma de vida. Nada de malo habría en ello (todo lo contrario), si aquella cultura se hiciera propia manteniendo su legado y respetándolo. Pero lamentablemente, y volviendo a la ecuación del mencionado Álvarez Junco, el interés por la movilización política se ha superpuesto en muchas ocasiones al respeto por el patrimonio cultural.

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La vieja, la raposa y los pajarines

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La Vieja del Monte se va haciendo un hueco entre los personajes destinados a hacer la competencia a Papá Noel durante la navidad leonesa. Sin embargo esta figura poco tenía que ver con esta época del añoName of the source

Hace tres años, en esta misma sección de La Llariega, Nicolás Bartolomé reivindicaba una figura mitológica apenas tratada por la bibliografía hasta el momento: la de la Vieja del Monte. Apenas José Luis Puerto se había hecho eco del personaje en la Revista Tierras de León y posteriormente en su extraordinaria recopilación de leyendas leonesas publicada por la Diputación provincial. Sin embargo, aquella semilla cayó en una tierra fértil. El creciente interés por encontrar alternativas locales a personajes navideños implantados más ampliamente, como Papá Noel o los Reyes Magos, unido a movimientos regionalistas o nacionalistas que proliferan por todas partes, hizo que la Vieja se haya convertido en un personaje que empieza a ser popular en la capital leonesa. Eso sí, desprovista de sus atributos originales y adaptada a lo que realmente se espera de ella; convertirse en un Santa Claus con pañoleta que siga alimentando la rueda de consumo propia de estas fechas; pero, con lo que parece más importante, la etiqueta de «menos globalizada».

Ejemplos de esta maniobra, sin embargo, no faltan por todas partes. La metamorfosis a finales de los ochenta del Olentzero vasco, en origen un vividor y borracho impenitente, en un gordo entrañable tocado con txapela que se cuela por las chimeneas es de sobra conocida, por no hablar de otros más recientes como el Apalpador gallego que va cargado con un saco lleno de regalos o el, directamente inventado, barbudo Anguleru asturiano.

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El dueño del trueno

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De todos los seres mitológicos fue quizás el más profundamente arraigado y extendido por las comarcas leonesas; hoy, el viejo mal encarado que provocaba con su furia las tormentas, está en trance de desaparecer de nuestro recuerdo

TORMENTA SOBRE LA CATEDRAL DE LEÓN / RAYOS – Ramiro

Pocas leyendas gozaron de tanta vitalidad en nuestra tierra como las que tienen que ver con los fenómenos atmosféricos. La formación de las nubes, el trueno, las tormentas de piedra que caían con estrépito algunas tardes de verano fueron, para aquellas personas que vivían de la tierra, la mayor amenaza para su sustento e, incluso, para su propia seguridad y supervivencia.

¿Quién provocaba aquellos sucesos calamitosos? La mentalidad arcaica campesina elaboró toda una suerte de personajes legendarios que habitaban el cielo y controlaban el rayo y la centella. El comportamiento maligno de brujas, espíritus y demonios explicaba aquellos sucesos que se escapaban del control humano. Uno, el Reñuberu, quizás sea, de todos esos personajes, el más conocido en la mayoría de las comarcas leonesas.

Un viejo mal encarado, una bestia informe o el mismísimo diablo son algunas formas que adoptaba ese ser que dirigía las tormentas. Otras veces provocaba el ruido de los truenos o formaba las nubes o arrojaba el pedrisco. E incluso algunas veces, como tuvimos ocasión de escuchar de boca de un pastor en la Cepeda hace algunos años, cae con los rayos y aparece medio congelado y vestido de blanco entre unas zarzas. En ese caso, si algún alma caritativa lo invitaba a recuperarse al calor de su cocina, podía recibir a cambio del Reñuberu, que aquí mostraba como excepción su rostro más amable, un enorme tesoro.

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¿La bandera castellana de león?

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A pesar de estar hoy aceptado, el color carmesí asociado tradicionalmente a los pendones de la Corona de Castilla puede que no sea ni tan castellano ni el único utilizado para la enseña leonesa. Un viaje a sus orígenes quizás nos ofrezca alguna respuesta

En muchas ocasiones presumen los leoneses de símbolos remotos frente a los ‘inventados’ de otros pueblos hispanos aludiendo a ese marchamo de autenticidad que parecen dar las cosas muy antiguas. Sin embargo, y como veremos, los orígenes de algunos de ellos como los de la bandera no van mucho más allá de los de otras enseñas peninsulares.

El primer problema al que nos enfrentamos a la hora de determinar el origen de la bandera de León es el mismo que aqueja al resto de ‘señas de identidad’ del leonesismo; el de separar capital de provincia, de región o de reino. ¿A quién representa la bandera leonesa?

A nada que nos fijemos, una inmensa mayoría de las banderas provinciales de la antigua Corona de Castilla tienen una estética muy parecida; un escudo de armas sobre fondo carmesí o púrpura. El origen de estas banderas tiene su origen en la creación de las provincias en 1833. Los nuevos departamentos provinciales, a la hora de buscar una enseña que los representara, hicieron suyas las que tenían sus capitales que, como el resto de los municipios de la Corona, contaban con el llamado pendón real.

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