Corderines, 2024.DAVID CAMPOS
Contraportada,  Diario de León,  El Retrovisor

Paridera

No son hoy los pastores protagonistas de casi nada. Pero lo fueron del invierno. Lo fueron del frío. Paramos el coche en medio de la carretera para que cruce el rebaño. En estos días de solsticio, de fiestas de Navidad, hay tardes en que el sol aguijonea como puede dejando caer sus destellos en el filo de la meseta. Es una ilusión, pues muy pronto oscurece. Pasan coches con prisa, parece que no quieren que les pille la noche. Cuando llegamos a la majada, solo quedan las luces de las bombillas, de las linternas. Las sombras se alargan cuando se acerca un tractor con sus focos encendidos. Trae las alpacas de paja para que coman las ovejas. Afuera, en el horizonte, se perfilan los últimos trazos de la sierra de las Ubiñas antes de que caiga definitivamente la noche.

Hemos venido a conocer este tiempo de paridera. Se oye balar y balar, los balidos resuenan en la penumbra y los corderines saltan de aquí para allá, entre la paja. Pensamos que no son hoy los pastores protagonistas de casi nada, pero que alguna vez lo fueron de la Navidad, del Año Nuevo, de los Reyes. En otros tiempos se abrían las puertas de los templos para que entraran en hileras cantando. Por las calles hacían sonar sus cencerros, se cubrían con las pieles de los animales, recogían los aguinaldos. Recitaban en forma de comedias los asuntos del pueblo. Hacían burla del hambre y se reían con las bocas muy abiertas. Levantaban en medio del frío las forquetas de madera donde los vecinos colgaban viandas y condumios. Campaneiros y zamarrones. Danzantes. Gente que bailaba en medio de la oscuridad. Personajes de villancicos. Los primeros en llegar al portal de Belén.

Hace más de un siglo, Santiago Alonso Garrote contaba, en su El dialecto vulgar leonés hablado en Maragatería y tierra de Astorga cómo los pastores se enseñoreaban de estas fiestas del frío y de lo oscuro. En la fiesta de Reyes pedían el aguinaldo. Pastorcicus semus, d´Uriente venimos, bulsillus trayemus, diñeiro pidimus.

Fueron otros tiempos. Ahora, a orillas del Órbigo ha caído la noche. Junto al río brillan las farolas de los pueblos. La Milla, Palazuelo, Turcia se despliegan en una hilera de luces. El campanario de Armellada se hincha incandescente. Por contra, al otro lado, el monte solo se intuye como una presencia entre las sombras. En la majada los balidos siguen sonando, los pastores llevan enormes manojos de paja de un lugar a otro en medio de los haces de luz que trazan bombillas y linternas. Hemos venido a conocer este tiempo de ovejas paridas y corderos y, cuando nos vamos, no podemos dejar de pensar que todo esto sigue siendo un modesto portalico de Belén, y de que, frente a nosotros, de algún modo, tiene que haber un dios que se esconde, callado, en alguna parte.

Publicado originalmente en el Diario de León.