Hoy el ritual es como el de todos los días. Antón termina de cenar y espera comiendo unas nueces. Mira en la televisión las últimas noticias hasta que le pica Luisón por la ventana. Está lloviendo y todavía hace algo de frío. Recoge las cáscaras rápido, haciendo un cuenco con la mano, y levantando la chapa de la cocina las echa a la lumbre. Después sale, abre el paraguas y se pone al lado de Luisón. ¡Vamos, que hace frío! le dice a modo de saludo. Sin más palabras, se meten por el callejón pequeño dando algunos saltos para no mojarse los zapatos. Luego tiran por el camino de la era. Cuando llegan a casa del Conejo, dan dos golpes fuertes en la puerta ¡pum! ¡pum! y se colocan en medio de la calle. Con un chirrido, se abre una de las ventanas de arriba y aparece Saturio. A Saturio le llaman el Conejo por los dientes esos que le asoman. ¡Bajo! Les grita a los del paraguas. ¡Venga, corre que nos mojamos! Los tres van a buscar a Tomás, y todos juntos a Dionisio el Botas. A la cuadrilla les gusta ir siempre así, en conjunto, como buenos amigos. Y, además, a la hora que llegan saben que ya les esperan en el tanatorio casi todos. El edificio huele a obra recién estrenada. Dentro, hace rato que han prendido la calefacción, así que se está a gusto. Dejan los paraguas detrás de la puerta, con los otros, y pasan adentro.
Y así es como los demás los vemos todos los días entrar: en grupo y saludando entre risotadas. La sala es grande y huele a limpio. Cuando los cinco amigos llegan, parece que todos nos alegramos. Saludan a Juanita, que va todas las noches con la labor, y que les responde con una sonrisa mirándolos por encima de las gafas. Saludan también a Pedro y a Luis el Negro, que se sientan en dos sillones de escay a jugar al dominó como dos paisanones. A Ramón y a Rosa, que también son muy alegres y hablan con todo el mundo. Con Pepe son más traviesos. Como es más mohíno, lo sacan de sus pensamientos con bromas y palmotadas. Y es que Pepe se suele sentar él solo, y mira en silencio para el cristal, para el sitio ese en el que van a poner los ataúdes, como pensando. La verdad es que el tanatorio ha quedado muy bien y, como tiene calefacción, es más cómodo que la iglesia. Y desde que cerraron el bar tampoco es que tengamos un sitio mejor y más cómodo para juntarnos los que quedamos en el pueblo. A los dueños no les importa, son forasteros y jóvenes y están seguros de que les va a ir mejor que a los del bar. Les han dado una subvención de esas con las que dicen que van a resucitar los pueblos y se han animado con esto. De momento no se ha inaugurado. Quizás, cuando lo estrene el primero de nosotros, la cosa cambie. Y entonces habrá que darle la razón a Pepe cuando dice que eso de hacer las veladas aquí no le convence demasiado.


